Volver de vacaciones
Siempre que vuelvo de vacaciones me pasa lo mismo. Me dura uno o dos días. Este año no fueron muchos días de descanso pero los suficientes para que sucediera. El suficiente silencio, y no me refiero al maravilloso paisaje mendocino por donde anduve ni la ausencia de temas que sufrimos con gabi una vez que charlamos una vida. Me refiero al silencio que se genera –y me arriesgo a la cursilería- cuando entra en compás el corazón con el segundero.
Cumplidas las 14 –cuando termina el noticiero- me sentí en segundo grado apurando el paso por las escaleras, saliendo por el pasillo de la redacción, yo diría a los empujones con los otros niños –invisibles. Marqué tarjeta, y ahí estaba yo, esperándome al otro lado de la puerta. Me llevé en el auto a casa y ella ya había servido la mesa. Digamos que fuimos tres, al menos por unos momentos, cuando dura el asombro de la libertad del mandato. Y uno es padre y niño de uno mismo.
En base al mapa y al presupuesto nos decidimos por Mendoza. La nieve y la montaña, el vino y unas ricas cenas en Finca La Celia. En lo que duró las vacaciones no di nunca las buenas noches porque abusé de las vigilias y no tuve que forzar el sueño. Gastamos combustible y yerba; invertimos.
Pero yo iba a hablar de la vuelta y de lo que me pasa las veinticuatro o cuarenta y ocho horas posteriores.
Desarmo los bolsos, selecciono la ropa sucia, me baño y en fin, ordeno. Le doy una forma general a los diversos contenidos, generalmente con criterio de economía. El menor espacio, la mayor comodidad, el menor tiempo posible.
Y leo lo diarios. Al menos, los títulos. Y ahí empieza la sensación. Algo así como lo que sentiría un pasajero que espera –sombrero y valija en mano- un tren repleto… expreso al vacío.
No soy una de esas personas que aborrece volver a su rutina, para nada. Pero más allá del placer que me produce volver a mis “pasiones” – que a pesar del sentido positivo que le damos en nuestros días, viene de `patior´, sufrir – durante esas horas me da por intuir el sinsentido que nos rodea.
El despertador a las 6. A las 6.45, el colectivo. La billetera. Las llaves. El celular y sus estúpidas notificaciones. Los diarios: Mataron a dos pibes, Crece la deuda de la provincia, Suspenden el aumento del gas, Descubren el secreto de la felicidad –abajo, chiquitito. Y digamos que no encuentro absurdo el contenido de las noticias, sino el ruido cíclico. La historia de nunca acabar. La palabra prostituida. Veo a todo el mundo como si fuera un hámster corriendo sobre una ruedita.
Qué hago. Saco el traje, lustro los zapatos, pongo el despertador y salgo en busca del sueño. Hago silencio y en un último vestigio de vacaciones, siento el calor de la piel de mi compañera, la vida que irradia, la vida que crepita bajito, para oídos más expertos que los míos, más acá de los ruidos y más dispuesta al compás de mis latidos.


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