Un acto de justicia
Decir que Zama de Lucrecia Martel es cine de alto vuelo, no es una novedad. Sin embargo, no me puedo permitir pasar por alto un acto de justicia.
No hay vuelta que darle. Hay claros, evidentes, aciertos de la cineasta. La fotografía, que por momentos parece que estamos ante un cuadro; el relieve de los sonidos ambientales y también los subjetivos, por ejemplo el zumbido metálico ante los hechos que aturden al protagonista; la reconstrucción de una época virreinal en la periferia de la periferia, donde lo extranjero dominante no logra sobreponerse a la primacía del elemento autóctono y por lo tanto el ambiente se torna decadente; la lentitud de algunas escenas que nos hacen experimentar ansiedad y que no es más que la misma ansiedad que carcome el alma de Don Diego de Zama; incluso, la libertad con la que Martel eligió una música de los 50 y el lenguaje de los personajes, recordemos que el propio Di Benedetto se defendió en este sentido, asegurando que Zama no era un novela histórica y por ende no debía responder a una reconstrucción documental de la lengua de la época.
Ahora bien, el personaje: Zama de Martel, es ante todo de Martel. Un protagonista que si bien motiva todos los recursos cinematográficos que la cineasta usa con destreza inobjetable –y que le sirven muy bien para crear un ambiente hipnótico-, no alcanza la complejidad que le dio Di Benedetto.
En el protagonista de la obra escrita, la degradación física y moral es solo, y ante todo, la consecuencia de su dilema existencial. Zama no solo es víctima de la espera sino de la angustia del hombre moderno, expuesto al desamparo de la intrascendencia y a la oposición burguesa entre lo civil-instituido y lo humano-vital, es de aquí por ejemplo desde donde surge que Zama niega en el burdel acostarse con negras cuando tiene un hijo bastardo con una de ellas. Su degradación será consecuencia de la postergación de sus necesidades vitales a la que se somete –afectiva, económica y sexual- esperando el ansiado ascenso, que por otra parte es mucho más que eso, es una inscripción en la gloria mítica del héroe, prácticamente una cuestión de identidad.
Quizás, en lo personal, no esperé tanto que Martel actualizara este aspecto -mucha agua ha corrido debajo del puente como para pedir que se vuelva sobre planteos que novelaron no solo Di Benedetto sino Sartre y Camus y autores existencialistas. Lo que sí esperé –en vano- fue ver la transformación final del protagonista al hallarse consigo mismo, presente en la novela y no en la película.
El niño que le pregunta a Zama si quiere vivir, no es cualquier niño, es el mismo niño que ha protagonizado otros momentos de la novela, un viejo conocido del protagonista al que ha intentado varias veces atrapar, asir. Esa pregunta en la novela no es el último diálogo, como sí lo es en la película. En el libro el corregidor lo reconoce y le dice, paternal, que a lo largo de esos años –nueve- no ha crecido. Y el niño, “con irreductible tristeza”, le responde “tú tampoco”.
No se trata de purismo literario o sobre exigencia a una adaptación cinematográfica sino un acto de justicia para con este personaje que al final del periplo trágico del héroe moderno, se encuentra de lleno con sus propias miserias. Diego de Zama no es simplemente un hombre que cede a la frustración mediante impulsos, es un buscador de absolutos en un mundo hecho trizas.
Reitero. Tanto Zama de Di Benedetto como Zama de Martel son obras artísticas de alta calidad, cada una en su especialidad. Salvo que en esta última, el drama no alcanza toda su profundidad.
Zama:
(Argentina/Brasil/España, 2017)
Dirección: Lucrecia Martel.
Guión: Lucrecia Martel, a partir de la novela de Antonio Di Benedetto.
Fotografía: Rui Poças.
Montaje: Karen Harley, Miguel Schverdfinger.
Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Juan Minujín, Nahuel Cano, Daniel Veronese.
Distribuidora: Buena Vista International.
Duración: 114 minutos.
Salas: Cines del Centro, Hoyts, Showcase, Village.



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