Al cuidado de los lobos
Otra vez ocurrió en el Palacio de Justicia. En ese edificio hay tres clases de personas, los trajeados, los descamisados (ordenanzas sin saco ni corbata) y el resto, fácilmente identificable por sus ojos desorbitados por los pasillos queriendo encontrar la oficina, el fiscal o el defensor que sea. Entre estos últimos, los hay todavía más desafortunados, como si fuesen los lavapies de los lustrabotas, los que buscan una respuesta y se van con las manos vacías. Esos parias del sistema –verdulerobrerojubilado sin academia- no saben cómo explicar lo que necesitan y nadie ahí dentro los escucha; acuden a una iglesia que los niega y se van llorando al Dios Estado que sólo salva a unos pocos.
Esta vez, micrófono en mano, conocí a Nancy. Empleada doméstica informal, para evitar descuentos. Iba de la mano de su hija, universitaria sin trabajo. Rengueaba y tenía los ojos llorosos.-Usté es de Canal 9. Si yo le contara lo que me hicieron…
Nancy usa el potencial porque sabe que allí nadie tiene tiempo de escuchar. Nadie, salvo un hijo de parias con ínfulas de justiciero. Cuente, métale con todo, no se haga rogar.
Anoche entró la policía a mi casa, con una orden de allanamiento. Me golpearon a mí y a mi hija. Me empujaron, revolvieron todo, me rompieron cosas de la casa. Dicen que venían a buscar un revólver pero no encontraron nada.
-¿Quién la denunció, señora?
Dicen que mi hermana, pero mi hermana tiene problemas siquiátricos vió. La policía rompió la puerta, nos revolvió la casita y se llevaron la plata del alquiler y dos mil dólares que me dejó mi marido cuando murió. Se metían hasta los pancitos de membrillo en los chalecos, y se reían entre ellos, y me trataban de ladrona y yo no soy ladrona, señor. Yo soy buena persona, vió. La angustia le hace agua por los ojos y repite, atravesada: Yo soy buena persona, señor.
Días antes, una policía de civil –que se negó a identificarse como tal- golpeó a su puerta y bajo amenaza practicó una forma muy precaria de hacer “inteligencia”. Le preguntó todo lo que creyó necesario, suficiente para saber el estado de indefensión en el que vive Nancy y su hija desde hace dos años cuando falleció su esposo.
La noche anterior la habían allanado. Hoy en la mañana buscaba alguien a quién cinco mil pesos que no podrá volver a juntar para pagar el alquiler y lamentar los panes de membrillos caseros. En la oficina fiscal de la comisaría no le quisieron tomar la denuncia. El Palacio de Justicia tiene seis pisos, un subsuelo, diecisiete dependencias, cientos de oficinas y miles de empleados. Nancy y su hija caminan por un pasillo y adelante tienen infinitas puertas.
-Nancy, usted tiene que llamar a la Inspección General de Seguridad. Esa oficina se dedica a hacer cagar –nunca he sido ortodoxo para hacerme entender- a los policías corruptos. Déjeme que llame para que la tomen en serio.
Yo soy periodista pero en este blog, soy sólo yo: una persona. Para decir que Nancy es inocente, como periodista me hace falta una investigación, como persona sólo mirarla a los ojos. Nancy es inocente porque este es mi blog y aunque el mundo los esté perdiendo, afuera de los “palacios” y las instituciones, mis códigos son míos.
La denuncia fue hecha. La Inspección General de Justicia dice que investigará. Ojalá se les pudran las manos a los lobos vestidos de pastores.
Nancy seguirá esperando como ya lo hizo aquel campesino de un cuento de Kafka ante la puerta de la Ley, hasta su muerte y a perpetuidad sólo por ser ella, una mujer que a nadie afecta si paga o no paga el alquiler.
Mientras el gobierno siga teniendo policías malnacidos –no son corruptos- no se merecerá llamar democrático. Mientras la Justicia tenga burócratas en sus ventanillas y atienda entre algodones a los trajeados y con lista de espera al resto, no se merecerá llamarse Justicia.
Y aunque tenga que sangrar para volver a juntar el dinero, quédese tranquila Nancy, usted es buena persona. El mundo es el que anda mal.
Un post data que nunca se leerá. Perdí su número de teléfono y quisiera agradecerle los panes de membrillos y la salsa casera que me dejó de regalo en la recepción del canal. No sólo eran “limpios”, como usted escribió en la tarjetita, sino deliciosos como me parecieron a mí.
Esta vez, micrófono en mano, conocí a Nancy. Empleada doméstica informal, para evitar descuentos. Iba de la mano de su hija, universitaria sin trabajo. Rengueaba y tenía los ojos llorosos.-Usté es de Canal 9. Si yo le contara lo que me hicieron…
Nancy usa el potencial porque sabe que allí nadie tiene tiempo de escuchar. Nadie, salvo un hijo de parias con ínfulas de justiciero. Cuente, métale con todo, no se haga rogar.
Anoche entró la policía a mi casa, con una orden de allanamiento. Me golpearon a mí y a mi hija. Me empujaron, revolvieron todo, me rompieron cosas de la casa. Dicen que venían a buscar un revólver pero no encontraron nada.
-¿Quién la denunció, señora?
Dicen que mi hermana, pero mi hermana tiene problemas siquiátricos vió. La policía rompió la puerta, nos revolvió la casita y se llevaron la plata del alquiler y dos mil dólares que me dejó mi marido cuando murió. Se metían hasta los pancitos de membrillo en los chalecos, y se reían entre ellos, y me trataban de ladrona y yo no soy ladrona, señor. Yo soy buena persona, vió. La angustia le hace agua por los ojos y repite, atravesada: Yo soy buena persona, señor.
Días antes, una policía de civil –que se negó a identificarse como tal- golpeó a su puerta y bajo amenaza practicó una forma muy precaria de hacer “inteligencia”. Le preguntó todo lo que creyó necesario, suficiente para saber el estado de indefensión en el que vive Nancy y su hija desde hace dos años cuando falleció su esposo.
La noche anterior la habían allanado. Hoy en la mañana buscaba alguien a quién cinco mil pesos que no podrá volver a juntar para pagar el alquiler y lamentar los panes de membrillos caseros. En la oficina fiscal de la comisaría no le quisieron tomar la denuncia. El Palacio de Justicia tiene seis pisos, un subsuelo, diecisiete dependencias, cientos de oficinas y miles de empleados. Nancy y su hija caminan por un pasillo y adelante tienen infinitas puertas.
-Nancy, usted tiene que llamar a la Inspección General de Seguridad. Esa oficina se dedica a hacer cagar –nunca he sido ortodoxo para hacerme entender- a los policías corruptos. Déjeme que llame para que la tomen en serio.
Yo soy periodista pero en este blog, soy sólo yo: una persona. Para decir que Nancy es inocente, como periodista me hace falta una investigación, como persona sólo mirarla a los ojos. Nancy es inocente porque este es mi blog y aunque el mundo los esté perdiendo, afuera de los “palacios” y las instituciones, mis códigos son míos.
La denuncia fue hecha. La Inspección General de Justicia dice que investigará. Ojalá se les pudran las manos a los lobos vestidos de pastores.
Nancy seguirá esperando como ya lo hizo aquel campesino de un cuento de Kafka ante la puerta de la Ley, hasta su muerte y a perpetuidad sólo por ser ella, una mujer que a nadie afecta si paga o no paga el alquiler.
Mientras el gobierno siga teniendo policías malnacidos –no son corruptos- no se merecerá llamar democrático. Mientras la Justicia tenga burócratas en sus ventanillas y atienda entre algodones a los trajeados y con lista de espera al resto, no se merecerá llamarse Justicia.
Y aunque tenga que sangrar para volver a juntar el dinero, quédese tranquila Nancy, usted es buena persona. El mundo es el que anda mal.
Un post data que nunca se leerá. Perdí su número de teléfono y quisiera agradecerle los panes de membrillos y la salsa casera que me dejó de regalo en la recepción del canal. No sólo eran “limpios”, como usted escribió en la tarjetita, sino deliciosos como me parecieron a mí.



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